DIÁLOGOS DE MADRID (14)
Mercedes Piporre: Esto empieza a parecer nuestra obra magna inacabada, a lo Proust.
Marisol Isombra: Pues sí, nos fijamos y recordamos tantos detalles que podemos estar perfectamente tres horas hablando de lo que ocurrió en sólo una.
M.P.: Retomando el hilo: llegó un punto de la manifestación que ya no aguantábamos más en pie, eran las 22.30 y la carroza de Fangoria llegaba entonces a la Puerta de Alcalá, aún le quedaba todo el recorrido por hacer.
M.I.: Así que unas servidoras nos retiramos elegantemente del tumulto, y nos fuimos metiendo por callejones intentando contactar con amigas móvil mediante para poder quedar para la siguiente fase de la fiesta: el InfinitamenteGay.
M.P.: Sí, pero estaban todas las líneas colapsadas debido a la aglomeración. Fue un estrés de cuidado.
M.I.: Una vez conseguimos quedar, nos dimos cuenta que apenas teníamos una hora. Así que fuimos voladas: hotel, ducha, sandwich y luego busca un taxi para llegar a la Casa de Campo.
M.P.: Sí, porque el metro estaba completamente colapsado, y el trabajo fue nuestro para encontrar el taxi, porque además no querían ni pisar la Casa de Campo por el colapso…
M.I.: Suerte que nos indicaron al final una ruta alternativa y llegamos al destino.
M.P.: El Madrid Arena, un pabellón gigante.
M.I.: Bueno, es que lo bueno del InfinitamenteGay fue ver a, no se, 20 o 30.000 maricas abarrotando todos los rincones del lugar. Nunca en nuestra vida volveremos a ver tanto gay junto, lo sabes, ¿no?
M.P.: Pues sí, y lo mejor que pudimos hacer, teniendo en cuenta el cansancio que llevábamos encima y las pocas ganas de drogarnos para aguantar el megamusicón, fue sentarnos en las gradas tranquilamente e ir observando lo que se cocía.
M.I.: Valió la pena ver todo ese sarao. Y lo mejor fue cuando, al irnos, que debían ser las 5, descubrimos una sala como de conferencias con un cartelito que ponía “cuarto oscuro”.
M.P.: A mí ya me extrañaba que no hubiera ninguno.
M.I.: Lo que yo vi allí dentro fue muy fuerte, lo recordaré toda mi vida. Fue nada, entrar y salir, pero era un cuadro: era una sala gigante, sin pared ni rincón alguno, con un olor a sudor y a hombre bien bien fuerte. Obviamente, era sólo ligeramente oscuro. Así que eso era una gran bacanal de unos 300 tíos jadeando y sudando.
M.P.: Ni Queer as Folk, vaya. Sin embargo, lo mejor de la noche estaba aún por llegar: eran los autocares de vuelta al centro que la misma organización del evento había habilitado.
M.I.: Tú dirás: llena un autocar de maricas a las 5.30 de la mañana, medio drogadas, borrachas, cachondas y/o hechas polvo. El numerito no te lo quita nadie.
M.P.: Bueno, y ese conductor, que debía flipar en colores, y encima llevaba un rebote de llevar gays arriba y abajo. Nos miraba por el retrovisor que parecía que nos iba a dejar tiradas en alguna cuneta.
M.I.: Bueno, es que mira que es difícil ya que algo nos provoque vergüenza ajena, pero eso pudo con todo nuestro perdido sentido del ridículo.