SIGUE SIENDO AQUÉL

raphael.jpgEl pasado jueves los titulares de este blog acudimos al Palau de la Música de Barcelona para ver en directo a uno de mis ídolos, Raphael. Nuestro cansancio acumulado debido al trabajo agradeció en esta ocasión que se tratara de un recital que podíamos seguir tranquilamente desde la silla, y es que ahora mismo nuestros cuerpos no aguantan conciertos multitudinarios. Personalmente, el Palau de la Música me parece un lugar espantoso. Esos caballitos incrustados en el techo, que cuando se apaga la luz parece que van a salir cabalgando hacia no sabes dónde, me dan especialmente muy mal rollo. En cuanto al público, y como cabía esperar, un destacado número de frikis, básicamente maricas de bolso y alguna que otra madurita que portaba un disco de vinilo de Raphael del año de la pera sobre la cabeza y que no paraba de mostrárselo al cantante desde uno de lo laterales del primer piso. Resultó destacable la gran familiaridad que se vivió durante el concierto, con una gran interacción por parte de los espectadores que interrumpían sin cesar los subidones del mito con gritos de “¡Guapo!”, “¡Viva Linares!” y “¡Eres único!”, y es que Raphael, como muy bien dijo él mismo, es un poquito de todos.

Entre las fans más entregadas, dos que no llegaron al corazón: una madurita que era como un buñuelo con patas que saltaba de la silla como un resorte cada vez que se acababa un tema aplaudiendo como las focas y ondeando dos pañuelos blancos al viento como si fueran dos pompones de animadora y una yaya que era una doble de Palomino sentadita en platea que debía pesar unos treinta kilos y a la que la artritis le imposibilitaba seguir las palmadas al son de la música. Tanto en un caso como en el otro, la incertidumbre de que llegaran vivas al final del espectáculo nos asaltó constantemente. Cuatro músicos acompañaban al jienense en un escenario con un taburete y una silla giratoria de escritorio que el cantante iba alternando para interpretar su repertorio.

Raphael ha sido siempre un referente en mi vida. Más allá de su voz, su temperamento y enorme carisma siempre me han seducido, aparte de ese gran gusto por la teatralidad que me parece de una autenticidad sin parangón. Es obvio que los años no pasan en vano, y su voz ya no es la misma que antaño. Aunque es capaz de proferir aquellos berridos que tanto nos gustan en momentos puntuales, a lo largo de las canciones pasa algunos momentos en los que su voz se ahoga y se debilita. Pero esto es algo que no nos importa en absoluto al tratarse de una superestrella. Ataviado con una camisa blanca los primeros diez minutos, empezó el recital cantando a capella, apareciendo más tarde con su ya mítica indumentaria de camisa y pantalón negros. Durante las más de dos horas y media que duró el espectáculo, y sin descanso alguno, nos recordó sus temas de siempre que tanto nos gustan: “Amor mío”, “Somos”, “Hablemos del amor” ”Yo soy aquél”, “Desde aquel día”, “En carne viva”, “Digan lo que digan”, “Mi gran noche”, “Estuve enamorado”, “Yo sigo siendo aquél”, “Estar enamorado”, “Qué sabe nadie” y “Escándalo”. También hubo lugar para alguna frivolidad del tipo “Maravilloso corazón” y algunas canciones imposibles por frases del tipo “yo le mado cartas, ella me manda e-mails” o “hoy la mujer que amo se casa con otro“. 

Los momentos más álgidos de la velada se produjeron al son de “No puedo arrancarte de mí” (en el que alguien a mi izquierda aprovechó para llamar a su querido Daniel y dedicarle la canción manteniendo el móvil en alto) y el “Como yo te amo” del final, que acabó con el lanzamiento de rosas rojas por parte del público y los alaridos de “¡Como yo te quiero, Barcelonaaaaa!” por parte del cantante. Antes había interpretado (y nunca mejor dicho) “Frente al espejo”, que acabó una vez más con la silla giratoria atravesando el cristal ante el éxtasis de los que allí nos congregábamos. En definitiva, y digan lo que digan los demás, UNA ESTRELLA COMO LA COPA DE UN PINO.

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