YAYO CABRÓN
No vale la pena perder el tiempo con la nueva película de Sir Anthony Hopkins. Estamos ante aquellas cintas en las que todos los que participan en ella presumen de gran guión, y a la postre, acaba resultando infumable, como pasa casi siempre en estos casos. Vamos, que para “Fracture”, la del guión…
Ted Crawford (Hopkins) es un rico ingeniero experto en descubrir pequeños fallos en sofisticadas piezas de aviación. Está casado con una mujer mucho más joven que él, no se quieren, y como es natural en estos casos, ella se la pega con otro tipo más joven. La mala leche le lleva a planear el asesinato perfecto (o eso cree él) de su esposa y una tarde le mete un balazo en el cerebro en la megacasa que comparten en Los Ángeles. Para más inri, el policía que acude a la escena del crimen resulta ser el amante de la mujer, y a partir de aquí se empieza a liar la de Dios es Cristo. Tanto guión y la clave está en un cambiazo de pistolas que hace que no exista ninguna prueba incriminatoria que pueda sentenciarlo como culpable por intento de homicidio (y no asesinato, porque con todo, la mujer está en una clínica enchufada a una máquina con un coma irreversible). Vale que molesta que te metan los cuernos, pero la dignidad y el bourbon están para algo, ¿o no?
Mientras tenemos al cuerpo de policía buscando la humeante pistola durante toda la película, el yayo cabrón empieza a sentir una debilidad delirante por el joven fiscal del distrito Willy Beachum (Ryan Gosling), que lleva la acusación (yo diría que le pone) y empiezan los jueguecitos de “no necesito abogados, me defiendo yo solo”, “ahí va una prueba, ahora te la quito”, “te llamo por teléfono desde la cárcel para tocarte la pera”, etc. Un intento que fracasa estrepitosamente de dotar al personaje de Hopkins de la sutilidad, inteligencia y exquisitez del irrepetible Hannibal Lecter. El resultado en este caso es un hombre impertinente a más no poder que te hace pensar en “congelar” las pensiones de jubilación para la tercera edad. Por otro lado, los fantásticos guionistas tampoco consiguen que aflore en nosotros la más mínima empatía por el fiscal, que resulta ser otro creído que va de listo y que no se merece a la chica que tiene. Al final, y como se ve venir, tanta actitud chulesca acaba con el yayo (que creía que se iba a ir de rositas) metiendo la pata hasta la rodilla, lo que le lleva a un nuevo juicio, ahora sí, por intento de asesinato, y con la bala por fin desincrustada del cerebro de la esposa como prueba determinante.
¡Suerte de las palomitas!